cinco de diciembre de dos mil siete
el día debería haber sido uno de los de "celebración", como cada vez que salía de clase y perdía todo el día para ir a una cita del médico; es lo que pasa cuando vives en un pueblo pequeño, que para hacer cualquier cosa tienes que salir de él
esto supone un esfuerzo, pero tiene cosas buenas, como pasar algo más de tiempo con tu padre o madre, y hacer algo distinto, como tomar un cola-cao con leche frita
hacía años que no comía leche frita, y cuando la probé aquel día no recordaba el sabor - ahora, a veces, puedo saborearlo todavía
los médicos nunca me han gustado, y he pasado más tiempo del que me gustaría en ellos incluso antes de la diabetes, y ese día no iba a mejorar mi experiencia con ellos aunque la primera impresión en la consulta fuera buena
"que bien te veo, has adelgazado mucho" querían decir las palabras de aquella persona con bata blanca, ¿qué has hecho? - "no sé", respondí
y ahí saltó mi madre: "creo que mi hijo tiene diabetes"
creo que mi hijo tiene diabetes
"vale, vamos a empezar a poner insulina", palabras que resonaron en mi cabeza tan fuerte como alto había gritado en otros tiempos cuando tenía que ponerme una inyección, que casualidad que un niño al que le dan pánico las agujas tenga que usarlas todos los días, ¿no?
pero ese día no me quejé, no sé por qué, pero supongo que es necesidad y que aunque todavía no tengas mucha edad, ni mucha experiencia, sabes que va a ser mejor así
cogí el reproductor de mp3, y seguí escuchando "la ciudad de los árboles" en bucle
